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(con paráfrasis sobre CAP II y Machado)

Por Enrique Ochoa Antich

Es, en general, el de todos los neoliberales (subrayo neo, que no social-liberales, que es aproximadamente la vertiente donde el suscrito se ubica). De CAP II a, presumiblemente, Machado.

Lo resumiría así: olvidar que la gente, es decir, la fuerza de trabajo, hace parte de la economía de mercado, ésa que todo liberal (neo o social) defiende como condición para el desarrollo de las fuerzas productivas y la creación de riquezas. Es decir, compite.

Concuerdo en que los ajustes no son ni buenos ni malos, sino necesarios o no. Nadie desea un ajuste pero a veces son ineludibles, si se quiere evitar costos sociales aún mayores. Yo creo que en Argentina es necesario un ajuste, como lo fue en la Venezuela de CAP II, a causa de la devastadora herencia de CAP I-Herrera-Lusinchi. Igual que lo es hoy en Venezuela y lo será en un futuro mediato, habida cuenta del legado destructivo (mucho, mucho más que el puntofijista) de Chávez II y III-Maduro I. Esto si se quiere salir de la espiral inflacionaria que convierte en sal y agua salarios y pensiones y arruina nuestra economía.

Pero los ajustes en democracia deben incluir, como parte constitutiva del mercado, a la fuerza de trabajo y la negociación con ella. Es legendaria ya la frase que Pompeyo Márquez pronunció en Miraflores inmediatamente después que Pérez y sus ministros les expusieron a los partidos las características del ajuste que se iba a poner en marcha: «Sólo una pregunta, presidente «, dijo Pompeyo: «En ese plan, ¿dónde está la gente?»

Si usted controla los precios, es probable que el productor de las mercancías -con cuya venta espera redituar la mayor ganancia posible- inhiba su ánimo productivo, y/o que el comerciante las acapare, o que ambos bajen sus santamarías. Si usted controla el cambio por un tiempo excesivamente largo, es probable que el capitalista exporte su capital, que la divisa, más escasa, aumente su valor y la moneda nacional, correlativamente más abundante, lo pierda, que por tanto se produzcan devaluaciones sucesivas e inflación, y que se genere un pernicioso mercado negro, con todas sus implicaciones. Las fuerzas productivas reaccionan ante la coacción estatal externa echando mano de los instrumentos que tienen a su alcance.

No puede esperarse menos de la fuerza de trabajo. Si usted cree que puede imponer vía shock y sin negociación social alguna un feroz plan de ajuste (como el de Milei, como fue el de CAP II, y como promete Machado), es decir, recortes presupuestarios, despidos en masa, liberación súbita de la inflación represada, etc., es probable que la fuerza de trabajo reaccione a su modo igual que los productores, comerciantes y capitalistas, echando mano de los instrumentos que tiene a su alcance: huelgas, paros, protestas callejeras. En Venezuela 1989 fue el 27F. Hoy en Argentina son las protestas y el paro de los poderosos sindicatos y gremios hegemonizados además por el principal adversario político de Milei: el peronismo. Si se añade la precariedad parlamentaria del gobierno, se entenderá por qué Milei se equivoca al, como CAP II, pretender imponer sin pacto social alguno un ajuste en buena medida necesario. Su dislate es casi tonto. Pero así suele pasar. El dogma ideológico, socialista o liberal, parece conducir fatalmente siempre al error.

Por algo la ciencia económica es economía política, y no sólo economía a secas. Porque toda política económica, para que sea viable, debe incluir una adecuada valoración de las relaciones de poder que existen en la sociedad para saber si aquélla puede ser política y socialmente viable. En dictadura, en el Chile de Augusto Pinochet o el Singapur de Lee Kuan Yew, por ejemplo, el shock se impone a sangre y fuego, y puede ser más o menos exitoso. En una democracia, se requiere pacto, diálogo político y negociación social, a riesgo si no de desatar tales resistencias que conviertan a la nación de que se trate en un caldero hirviente, cuya inestabilidad haga políticamente inviable el ajuste necesario, entre otras razones porque se pierde la confianza en las inversiones y, por tanto, privatizar empresas estatales, piedra angular de cualquier ajuste, se convierte en una tarea peregrina (pasa hoy en Venezuela a causa de las mal llamadas «sanciones»).

Es la moraleja del aprendiz de brujo.

El mercado hace que, desatado el instinto natural de beneficio individual de la persona humana, millones creen y acumulen suficiente riqueza como para que, algún día (nos decía Marx), su desarrollo fuese tal que crease a su interior las condiciones para transformar el modo de producción. Es lo que ha pasado en Europa (reformista y no revolucionariamente) gracias a los sindicatos y a los socialistas democráticos. Su modo de producción capitalista es mucho más social y justo que hace doscientos años.

Claro, dejado a su arbitrio, el mercado por sí solo no distribuye la riqueza que crea, y puede más bien conducir a infames estadios de explotación del hombre por el hombre (como en la Inglaterra siglo XIX que autopsia El Capital), a la par que degenera en cárteles y monopolios que niegan el mercado. Sin contar la depredación de la naturaleza que causa, como está visto en los tiempos que corren. Por eso la sociedad capitalista democrática concluyó que el Estado tiene un papel que jugar, regulando, modulando, moderando. Así llegamos al Estado de bienestar europeo.

A la hora de ejecutar un ajuste, el rol del Estado como ente negociador y regulador es básico, más si se cree que técnicamente, dada la hondura de la crisis pre-existente, ese ajuste debe hacerse vía shock. No comprenderlo así es el error de Milei. Estamos por ver la viabilidad política y social de su proyecto anarco-liberal extremo. Lo que será para los venezolanos un aleccionador punto de referencia a la hora de escoger nuestro futuro.

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