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EDUARDO JOSÉ ESPINOZA ZAPATA

EL DE SIEMPRE CONSUELO

Por Ismari Marcano Dicurú

Aquí les dejo uno de los relatos con muy buena crítica, de este deltano, titulado:

LA FOTOGRAFÍA

Hermógenes, se había pasado toda la tarde mirando el centenar de recortes de prensa que almacenaba en un enmohecido bolso de cuero colgado en una madera de la pared del cuarto.
Nació y creció en un hogar de amargos sentimientos. Su madre una morena de aproximadamente cuarenta a la suma cuarenta y tres años, hace tiempo había quedado viuda, su pareja fue encontrado muerto en uno de los callejones del barrio, una docena de puñaladas
repartidas entre el pecho y el abdomen, acabaron con su existencia. En el barrio aseguraban que era un ajuste de cuenta.
Para ese entonces Hermógenes contaba con diez añitos de vida, compartía el mismo cuarto con su madre y silenciosamente desde que quedó huérfano de padre, observaba cada noche sus turbios amoríos mal recompensados, hombres del mal vivir entraban y salían hasta bien entrada la madrugada.
Los recortes testimoniaban las andanzas delictivas a su corta edad, acababa de cumplir dieciocho años y su fama en el bajo mundo delincuencial, lo había hecho merecedor de recibir la propuesta de matar a una mujer por encargo. Miro la foto, una y otra vez repetía la imagen en su memoria, la cara juvenil, los ojazos chispeantes y risueños, el pelo
agresivamente negro, era bonita, la situaba entre la inocencia y la perversidad.

En la parte posterior de la fotografía estaba escrito el nombre de la víctima, la dirección y la hora pautada para el sicariato y lo más importante el lugar del hecho. Hermógenes pensativo meneaba la cabeza lentamente, hasta ese momento los delitos que se le imputaban eran fechorías menores de adolescente desadaptado, con problemas de conducta, la típica rebeldía juvenil, pero el día anterior había alcanzado la mayoría de edad. Le entregaron el treinta por ciento de lo pautado, los gastos de estadía en un lujoso hotel y los pasajes de ida y vuelta, por último, sus contratantes le insistieron de forma repetitiva la confianza depositada en él, así como también, le aseguraron que el resto de lo acordado lo obtendría al finalizar el trabajo.
El joven solo levanto la cabeza para preguntar – Si la víctima no está el día propuesto, a la hora y lugar señalado, que otro día puede ser? ¿Tienen algún sitio especial? – Los contratantes, dieron media vuelta sin emitir respuesta.
En un par de días tendría que volar a Mamporal, para encontrarse con esa tal Carlota Pérez, metió los recortes otra vez en el bolso enmohecido y se fue a los callejones del barrio, en los ranchos había roedores, pero también música, caña clara y putas amables, de voz suave y
tranquilizadora y una cosa compensa la otra. Además, en esos callejones vivían gente buena, esos seres que se amistaban mutuamente, se ayudaban unos a otros en las enfermedades, en la vida cotidiana, en la muerte, se prestaban cosas, esos que celebraban cualquier día el
nacimiento de un hijo o la llegada de un nuevo vecinos, allí se inventaban un nuevo tipo de convivencia estimulada por la precariedad de esas vidas sin futuro.

Hermógenes, llevaba en los bolsillos el treinta por ciento de adelanto del trabajo, le esperaba una larga noche, cruzó el basural, con las manos espantaba los mosquitos y con los pies a los roedores, cucarachas y otros insectos, el maldito basural era un asqueroso descampado, que olía a todos los vicios del mundo, pero no le importaba, solo necesitaba saciar su instinto de macho, al día siguiente tomaría el avión para cumplir el encargo de aquellos señores.
El licor malo y el rejunte con tres, cuatro hasta cinco mujeres al mismo tiempo, le revelaba una verdad que hasta entonces solo intuía, se tocaba los testículos y decía para sus adentro soy hombre vergatario. Sin embargo, la sensación no definida que le provocaba aquella fotografía le traspasaba el alma, entraba en su cuerpo y corría por sus venas junto con su sangre y eso le causaba incomodidad espiritual, no cesaba de pensar en la imagen de la foto, veía, en la taza sucia donde servían los tragos de caña clara, el rostro de Carlota Pérez, sentía en cada manoseo de las mujeres del callejón, las manos de su futura víctima, que imaginaba
blancas y suaves, en medio de su delirio alcohólico, pronunciaba en alta voz y con rabia aquel nombre, “Carlota” “Carlota Pérez”. En medio de la borrachera ansiaba comérsela viva, llenarle el cuerpo de bala con la Beretta que le habían puesto en las manos la noche anterior.
El vuelo fue tranquilo, tuvo que soportar un compañero de asiento que había resuelto mitigar su soledad, o el miedo a las alturas, contándole el encanto de la Isla Mamporal, le concedió un par de palabras y simulo dormitar hasta llegar a su destino, así se lo quitó de encima. No le interesaban las islas y jamás había estado en Mamporal, sólo tenía una vaga referencia por un cuento que alguien le conto en su adolescencia, o haber visto cierto episodio de una serie de T.V donde un hombre le robaba un diamante a una mujer y resultó que era falso. En ese momento pensó con inquietud, también él se iba encontrar con una mujer, pero no la iba a robar, iba a matarla.

Antes de entrar al hotel saco la fotografía del bolsillo y le paso la vista detenidamente, se acercó a la barra y ordeno un litro de agua sabor a mandarina y un vaso con hielo, llevaba la resaca de la noche anterior en el alma. Luego fue al lobby el hotel estaba concurrido, en medio de tanta gente descubrió la cabellera agresivamente negra que se movía hacia uno y otro lado, buscando a alguien o algo, la perdió de vista un instante, hasta verla acercarse a la recepción, preguntó algo pero el ruido de las voces no lo dejaron escuchar.
El traje vino tinto le daba un aire de elegancia, pero Hermógenes se sentía en un cuerpo prestado, le faltaba aire en los pulmones, pensaba que el lazo de la corbata en cualquier momento lo guillotinaría, cuando pasaba frente a los espejos que adornaban las paredes del lobby, se quedó mirando la imagen que le presentaban, no estaba seguro si era él o el reflejo de alguien más, pensó en el límite del hastío que definitivamente ese mundo de etiquetas y costosas prendas no era espacios para hombres de su tipo.
Ese conflicto interno que empezó a manifestarse en su personalidad debía resolverlo rápido, como todas las cosas que se resuelven en el barrio, sin protocolos engorrosos, sin disfraces de etiqueta, intento caminar rápido para acercarse a su víctima sacar la beretta disparar dos, tres, cinco veces en la cabeza de la joven y ya. Pero las reglas acordadas no se lo permitían, este tenía que ser un trabajo perfecto, con la meticulosidad de un profesional, ya no estaba para las fechorías de la adolescencia.

Decidido dejo el vaso con el agua saborizada en la mesa y camino tocándose el bigote postizo que le causaban molestia en los labios, se paró justo detrás de la dama de la cabellera agresivamente negra, que aun preguntaba en la recepción y le hablo muy cerca del oído, “No es el mejor modo de combatir la ansiedad”. Ella, dio la vuelta, lo miro, esbozo una minúscula
sonrisa… y le dijo disculpe usted. ¿Quién le dijo que estoy ansiosa? ¿Es usted Psicólogo acaso? o, algo por el estilo?
Era curioso, se rompieron las barreras de lo desconocido, era la primera vez que Hermógenes hablaba con una persona decente e interesante con formación medianamente cultural, el choque social era antagónico. Pero el confiaba en su aprendizaje de la calle, del barrio, había sobrevivido en los callejones donde se relacionaba con gente culta, los llamados delincuentes de cuello blanco, políticos que buscaban a quien pagarle para hacer el trabajo sucio; recordó una vez que un joven universitario buscaba comprar droga en el barrio y para ganarse su confianza le conto que conocía chicas y señoras de la alta sociedad que prefieren la compañía
amorosa de jóvenes delincuentes, de carácter fuerte – ese tipo de conductas que los estudiosos
de la psicología clasifican como, hibristofilia – recordando esa rara palabra, retoma el hilo de la conversación dispuesto a entablar una fingida amistad.
Ella, dijo que se llamaba Agustina Sierralta, con desconfianza al escuchar el nombre que no era el que esperaba, por supuesto también mintió, brindando su mano derecha, pronuncio un nombre que no le dio ningún esfuerzo en sacarlo de su boca, Renato Aguirre, para servirle.
Establecida y superada la ceremonia de la presentación los dos jóvenes se entretuvieron toda la tarde hablando sobre sus vidas. Por su parte, Hermógenes confiaba que cada quien inventaba su historia hasta llego asombrarse con la facilidad que se aceptaban y creían en lo que cada uno contaba, entre café y cigarrillos, así pasaron la tarde. Ya no tengo ansiedad, le dijo ella y volvió a sonreír, la vio marcharse. No sin antes acordar para cenar.

Esa mujer me gustaba más de la cuenta y el oficio en el cual se iniciaba, prohíbe ese tipo de gustos, regreso al bar del hotel y esta vez pidió una copa de coñac doble, con ello debería expulsar aquel maligno sentimiento que buscaba incubarse como una glándula en el centro de su cerebro, se llevó la copa a la boca y lo absorbió de un solo trago para que bajara más rápido, cuando la copa quedo  completamente vacía. Carlota Pérez o Agustina Sierralta no importaba ya el nombre, seguía allí, instalada en su cabeza, escarbando su alma.
Las horas pasaban lentamente, la espera para la cena se prolongaba infinita. Hermógenes trataba de controlar la impaciencia ordenando dos o tres añejos, hasta que escucho la voz de su invitada, el reloj marcaba un cuarto para las ochos, fue puntual, virtud infrecuente en las mujeres jóvenes y bonitas, venía caminando con estudiada despreocupación, usaba un vestido de tela liviana que le acentuaba las formas, aquella imagen provoco en él, una fantasía bestial imaginando que algunas horas después se lo iba a quitar. Simuló no verla, pero no pudo disimular un gesto de admiración cuando la tenía parada delante, los ojos redondos, enrojecido por el alcohol la miraron fijamente, ¡eres realmente la perfección! – Dijo- y llamo al mesero.
La carta fue leída por ella, ordeno vino para acompañar el plato principal, Hermógenes parecía un niño obediente aceptando las sugerencias, recordó que esta sería la última cena de aquella hermosa chica y merecía darle todos los gustos del mundo. Disfrutaron hasta los últimos sorbitos del vino y terminaron como los pájaros, pasándose los trocitos del salmón acaramelado con crema de champiñón, de una boca a otra. Entre apasionamiento Hermógenes pensaba, que forma tan sutil de recrear nuestras mentiras. Ella le había contado que se encontraba en asuntos de trabajo, la empresa donde presta sus servicios profesionales se encarga de comprar deudas a empresas más pequeñas que, luego la revenden en el mercado internacional, el, le dijo que era un joven empresario que tomaba un fin de semana de
descanso en ese hotel drenando el estrés. En el momento de ordenar el postre, le confeso que le gustaba, que había experimentado una gran atracción por ella y por primera vez a lo largo de toda la noche, estaba diciendo verdades. Los iluminaba la luna y a lo lejos se oía el ruido de las olas del mar, para cualquier ser de tendencia humanista, hubiese sido trascendente el paisaje de la luna y el mar en el inicio de una relación amorosa, pero Hermógenes, solo estaba ansioso, pendiente de ocultar la beretta que guardaba en un bolsillo de la chaqueta.

Lo que sucedió en las horas siguientes, no es fácil describir, ambos se entregaron en lo mejor de ellos, abrazados se mantuvieron en silencio mientras el descubría la inocencia de ella, conmucho espanto supo que no era Carlota Pérez y como un loco empezó a reírse en voz alta, ella lo miraba desconcertada – ¡no entiendo, le dijo¡.
Había espanto en su cara, ¡no es necesario que entiendas¡ y saco el arma, en segundos se escucharon dos sonidos cortos y secos, Hermógenes intento decir algo pero todo quedó reducido al silencio.
Un gesto de horror, dolor y sorpresa cubrió el rostro de Agustina Sierralta, mirando el hilo de sangre que cubría el rosto de su acompañante, mientras el cuerpo de aquel hombre se derrumbaba a sus pies. Cayo con la mano izquierda levantada y fuertemente apretada, en su palma ocultaba una fotografía de mujer con una cabellera agresivamente negra. En la parte posterior de la foto estaba escrito un nombre en letras rojas, Carlota Pérez (1999- 2023).
La sorpresa la dejó boquiabierta cuando apresurada paso frente al espejo de la puerta y vio reflejada su cabellera. “Dios Santo”, en el lobby apuró sus pasos, iba mirando hacia abajo cuando escucho, hola, me llamo Carlota Pérez, tengo reservada desde ayer, la habitación treinta y tres, minutos más ya en el taxi rumbo al aeropuerto buscando su lápiz labial en la cartera encontró la llave de la habitación del supuesto Renato, era la número “treinta y dos”.
FIN

Espero hayan disfrutado de la magistral pluma de Eduardo Espinoza… el de siempre consuelo.

Nos volveremos a leer el próximo 14 de enero de 2024.

Desde esta página, Tejido de Letras, les deseamos unas ¡Felices Pascuas y un Venturoso Año Nuevo! 

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