Oligarcas revolucionarios

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Antonio Ledezma

La Patria se va quedando chiquita en manos de esas minorías que usan su nombre, pateándolo con todo desparpajo y cinismo, después de haberla sudado en las franelas con su mapa estampado, montados en las tribunas mientras pronuncian discursos encendidos en nombre de los descamisados que terminan molidos en ese trapiche de la demagogia en el que se apaga su ensoñación. Son las estafas de los populistas que devienen en señores feudales, dueños de fincas que arrebatan a los campesinos y productores en nombre de la gran mentira revolucionaria que no es más que una trituradora de ilusiones.

Es esa montonera que va destilando resentimientos para reducirse a una claque empoderada. Esa que con los dineros atesorados indebidamente compra bancos, centros comerciales, financia desarrollos inmobiliarios, inaugura bodegones, hoteles con casinos incluidos, expropia espacios turísticos para su uso exclusivo, contando para tales excursiones con yates y aviones a su disposición.

El viaje de esa palabra es milenario. Oligarquía, se desprende del griego para explicarnos que es una manera de gobernar atribuida a un reducido grupúsculo que de la noche a la mañana insurge -sería el caso venezolano-, como los propietarios de hatos en Barinas, Apure o Cojedes, eso si, todo “legal” con base a la Ley de Tierras. Esa cofradía logra financiamiento vía CADIVI para apuntalar sus peculiares proyectos. Además, cuenta con el apoyo de los entes gubernamentales para que los doten de tractores, cosechadoras, bombas de agua, fertilizantes y semillas, las cuales no alcanzan para la clase campesina despojada de sus predios.

Son los oligarcas del Socialismo del Siglo XXI, que desahogan sus furias de ludopatía en el casino del Hotel Humboldt, a donde escalan utilizando el teleférico que le arrebataron a los empresarios que legítimamente les correspondía administrarlo. ¿Y si se les antoja un bañito en aguas saladas, mar adentro?, para eso tienen a su disposición las bellezas naturales de Los Roques, La Tortuga, Morrocoy, Mochima y la Laguna de Caraballeda de donde salen los lujosos yates equipados con todo lo indispensable para pasarlo a sus anchas. ¿Y si el capricho del día es irse a Margarita o más bien a Canaima?, bueno ¿cuál es el problema?, ahí está el catálogo de aviones para escoger el que más satisfaga sus devaneos de potentados.

Y al retornar después de disfrutar de esos placeres exóticos bien vale la pena un gustado en cualquiera de la galería de restaurantes que repentinamente se han inaugurado en Caracas. Que si un lomo en salsa, o un mero con alcaparra, salmón, langosta, y todo lo que le apetezca a esa minoría de privilegiados en materia de quesos, caviares, embutidos, jamones, crustáceos, mariscos, aves, semillas, vinos y licores de la mayor variedad. En esas tenidas, mientras pican y pican delicatessen, repasarán los proyectos inmobiliarios en marcha, esos edificios que se levantan en Las Mercedes, por ejemplo, a fuerza de “polvo blanco”, digo oro, no, cemento. O más bien ver las ventajas de esas maquinitas para los negocios de moneda virtual que mantienen encendidas las 24 horas del día, en oficinas o viviendas habilitadas para esos menesteres, en un país donde la electricidad es regalada, aunque para la mayoría sólo hay leña y velas.

Otro entretenimiento para las damas y caballeros que forman parte de esa oligarquía revolucionaria es irse de shopping a lo grande. Esos bodegones y supermarket son como una fantasía hecha realidad, nada que ver con esos verduleros de Mercal. ¡Qué va! Eso era antes de la metamorfosis. Ahora las compras las hacen paseando por esos amplios pasillos estirando las manos y agarrando cuantas exquisiteces exhiben en esos anaqueles. ¡Eso sí es revolucionario! Hay de todo, la más variada gama de comestibles desde carnes frescas y productos horneados, enlatados y envasados.

Pero eso no es todo porque en materia de educación los hijos de los revolucionarios tienen asegurada la calidad en esos colegios internacionales a los que presionan para que los cupos estén a su disposición. ¿Y los niños del pueblo? Esos se quedarán con las mugrientas escuelas en las que no hay agua potable, las excretas desbordan la superficie, el malandraje azota a los muchachos y el ausentismo de los maestros es patético. ¡Viva la revolución! ¿Y la asistencia médica? ¡Ah, no, eso está más que garantizado! En Venezuela ese pequeño porcentaje de venezolanos cuenta con clínicas bien equipadas, para atender sus requerimientos. ¿Y el otro porcentaje de 98% de venezolanos como se las arregla? Esos que se queden con los CDI y con los módulos de Barrio Adentro, que ya no tienen ni personal cubano porque casi todos “picaron los cabos”. ¿Y la seguridad personal? Tampoco hay problema, para eso cuentan con una caravana de carros blindados y un personal de escoltas a tiempo completo. ¿Y el pueblo como queda? ¡Ah pues, que se las arreglen con el Coqui!

Este cuadro es lo que algunos cínicamente llaman “normalización”. O sea que los privilegios exclusivos para esa gama de oligarcas revolucionarios son garantía de que el país está chévere, que todo marcha buenísimo. ¡Qué barbaridad! Normal estará Venezuela cuando haya libertad, cuando los venezolanos no tengan que huir por padecer una crisis limite, cuando los niños no mueran por desnutrición, cuando la ciudadanía no padezca de escasez de alimentos, ni de medicinas, ni de agua potable, ni de gasolina, ni de gas. Ese es el desafío que tenemos aún por cumplir.

@alcaldeledezma

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