La noche de la Ouija

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M.G. Hernández

Eran noches hermosas, noches de amistad y de tertulia como casi todas las que nos reunía en sitios que por lo regular eran los mismos. Éramos un grupo de muchachas y muchachos con las edades entre los 25 y 35 años que, nos apandillábamos por largas horas y compartíamos literalmente la vida.

Aún no llegaba la era de las computadoras, los celulares ni mucho menos las ideas globalistas, el feminismo insulso y las fulanas distorsionadas leyes de inclusión que perturba a tantos.  Florecía un pensamiento progresista, audaz y valiente. Defendíamos la mujer, sus derechos e importancia en la sociedad sin arruinar la idea con la política. Siempre inclusivos con el universo exceptuando irrespetuosas, insensibles y ofensivas personas.

Tampoco nuestro país había tenido la inmersión en el socialismo que, llevaría a los venezolanos como ríos caudalosos a salir buscando nuevos derroteros. Nadie, ni en la peor pesadilla, podía imaginar la depresión que llegaría con el nuevo siglo.

Desde nuestra filosofía y corazón libre, no le dábamos importancia a la sociedad, sus prejuicios, dilemas ni incoherente violencia. Sencillamente cohabitábamos con ella.

Nuestros encuentros tenían predilección por ciertos sitios y uno de ellos era, el inolvidable café Kabuki en lo más céntrico de la avenida 5 de Julio que, con su soleada terraza era el sitio preferido para tomar el café de la mañana y calentar motores. Por la noche, la cosa cambiaba porque también servían licor, lo que aprovechábamos para tomarnos un whiskisito después de degustar los deliciosos platos del menú, y ser atendidos por sus eternos y dedicados empleados. Sin duda, debo hacer un paréntesis para testimoniar que el café servido en Kabuki, era digno del mejor barista de hoy en día, siendo en esos tiempos desconocida la profesión como tal. Lamentablemente, el Centro Comercial Icuma, donde se asentaba este Café, hoy no es más que un terreno baldío esperando el día de la resurrección.

Mi historia, ocurre una noche de estas de Kabuki prolongada hasta altas horas en otro café que nos complacía, arrastrando las mesas casi hasta la acera, donde en fila india aparcábamos nuestros vehículos sin precaución y con las ventanas abiertas. ¡Que de historia contaría esa esquina! también en la 5 de Julio, pero con la Bella Vista. Allí, debajo de lo que antes era una hermosa pérgola de concreto, funcionaba el Café Tropical.

Esa noche, el grupo se fue diezmando lentamente al transcurrir las horas; no todos podían quedarse hasta tarde. Fue entonces, cuando Magaly tuvo la idea de convidar a su casa a jugar a la Ouija. Yo, nunca había tenido en mis manos dicho tablero, pero si había visto con horror la película “El Exorcista”; aun así, me apunté. Como verán, mi curiosidad seguía tan latente como en los tiempos de Tía Rosa. Asimismo, siempre tuve el hábito para bien o mal, de prolongar el disfrute de la buena compañía. En fin, liada en la aventura tomé mi carro y me enrumbé a Santa María, urbanización donde quedaba el apartamento que habitaba nuestra amiga. Con Magaly venía Rosa María y la doctora Martínez, quien se rehusó a compartir por su trabajo mañanero en el hospital. Rosa, enseguida se ofreció a llevarla expresando su desinterés por el juego, por lo que quedamos: Magaly, Juan Carlos, a quien con cariño llamábamos “Cara” por Caraqueño, William y la cuentista.

Llegamos al piso 12 y entrando, Magaly nos dijo que debíamos hacer bien las cosas. Buscaría una vela o velón, porque debíamos jugar a oscuras. La cuestión me pareció un rito que prometía diversión, busqué el vaso con agua que me dijeron debía colocar al lado del velón que ya lucía imperioso sobre la mesa del comedor. Al instante, Magaly salió del dormitorio con la Ouija en la mano y la abrió dándole instrucciones a William de apagar la luz; seguidamente, se sentó de espaldas al gran ventanal que ocupaba casi toda la pared, y que de ancho tenía dos cuerpos no menores de unos 65 centímetros cada uno. A su izquierda frente a mí se sentó Cara y entre él y yo, quedó William. De los cuatro el único que tenía experiencia con “fantasmas” era Caraqueño que, desde niño supo manejarlos en su casa, pero esa es otra historia.

Unimos las manos sobre lo que yo llamaría, “el ratón” del “juego”, pues moviéndolo a su gusto, el difunto señalaría las letras para formar palabras. Les cuento y créanme, que no pasó tiempo cuando miré a mis amigos cuestionándoles:

—¿Quién carajo está moviendo la mano? ¿Tu Caraqueño? —pregunté incrédula.

No le dio tiempo a responder. Un ruido estrepitoso se oyó por todo el apartamento helándonos la sangre de un solo golpe. Los cuatro nos miramos con una enorme interrogación en la cara, ciertamente un espíritu concurría a nuestra irresponsable e inexperta invocación, y su presencia perturbadora estaba haciendo desastres escalofriantes. De momento, oímos como sacaba todo el contenido del closet principal y lo tiraba al suelo.

Nadie movió un músculo mientras seguían las cacofonías. Esta vez fueron los grifos del baño los cuales abrió dejando correr el agua, mientras nuestros cuerpos temblorosos comenzaron a sentir que el miedo elevaba su temperatura. En nuestros brazos, los vellos almidonados reflejaban nuestro estado totalmente alterado, y no recuerdo si gritamos cuando de repente un sonido sordo como el de una piedra al golpear un cristal, se escuchó incrementado por demás. Miramos al unísono a las ventanas, estaban perfectas; cuando creímos verlas caer a pedazos por el estruendo.

¡De repente! por si fuera poco, reflejado en el vidrio advierto el reflejo de lo que parecía una antorcha y a la par sorprendo a Magaly petrificada con la boca abierta en total turbación y silencio. Rápidamente volteé aterrada sin poder creer lo que percibía, un papel encendido y sus cenizas caían en la alfombra. Ya, con este inflamado suceso todos nos levantamos y fue Cara quien terminó de apagar el exiguo papel que aún ardía.  Magaly, inmediatamente lo conminó a revisarlo todo. Luego, uno detrás del otro fuimos a los cuartos y al baño, queríamos comprobar lo que él nos había dicho, que el closet estaba en orden y las llaves del baño herméticamente cerradas. No obstante, nos pidió sentarnos y volver a poner las manos en el tablero ya que debíamos hacer que, quien quiera que fuera el allegado debía irse. Cuando terminamos de pedirle amablemente que se fuera, no se sintió nada más y Magaly todavía nerviosa le volvió a decir a Cara que por favor revisara bien, hasta por debajo de las camas por si quedaba algún desencarnado, a lo que él contestó que ya lo había hecho.

En ese momento brincamos al oír de nuevo un ruido y volteamos como un solo ser hacia la puerta de entrada que se abría.

Era Rosa María que llegaba.

Todos nos atropellamos contándole la historia. Ella, parsimoniosa, nos fue mirando uno a uno y con ironía nos dijo que, a otro con ese cuento; pues cuando le quisimos enseñar los restos del papel abrasado que habiamos recogido y desechado en la papelera de baño, descubrimos confundidos que el “invitado” nos había hecho otra jugarreta, la cesta estaba totalmente vacía; según, el papel encendido nunca existió. Entonces, le mostramos el segmento deteriorado de la alfombra donde cayó, y nuestra palabra escaló a la certeza.

Hoy pasado tantos años les diré que no he aceptado nunca más, otras invitaciones que me han hecho a jugar este pavoroso juego que para mí no es tal, sino una puerta abierta a cualquier energía que pueda pasar por esa oquedad supuesta entre las dimensiones. Lo que pasó allí, no puedo explicarlo y conversando con Magaly me decía que, este hecho debía tener un trasfondo espiritual que nosotras dejamos ir, quizás por desconocimiento, miedo o indiferencia y que deberíamos de trascender esta experiencia, que no fue para nada una tontería.

¿Hubo en el espíritu la necesidad de comunicarnos algo? La respuesta no la tiene nadie. Lo que sí puedo contarles es lo que pasó semanas más tarde en mi casa, un día de tantos cuando nos reunimos. Estaba yo buscando algo de música frente a un mueble, a unos dos metros del sofá donde Magaly estaba sentada cuando se dirigió a mí, y con su cara muy seria me dijo:

—Acabo de ver a alguien detrás de ti. Detrás de mí, no había nadie.

Quiero terminar este artículo recordando con el más puro pensamiento a nuestro querido William que dejó este plano hace unos años. Quizás él en su cielo tenga la respuesta.

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