Desvelando el misterio de la casa de Corredores

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La mayoría de las personas según oídas, añoran sus abuelitos, pues a mí me ha tocado añorar a mis tías abuelas que simplemente fueron los complementos directos de una niñez feliz.

Son tres de las cinco hermanas a las que debo estos hermosos recuerdos y una de ellas, es la historiadora, es la que recuerda con alegría y narra con deleite las experiencias vividas. Precisamente de ella vino la anécdota que les narré en el pasado artículo y que recordaran que se llamaba Rosa, la “Tiarosa” como la distinguía, casi omitiendo la “a” del lazo filial.

Alcanzaría el metro de estatura cuando empecé a andar fuera de las faldas maternas. Son esos años, los primeros, cuando todo niño se ufana de tener amigos y por las noches sueña con volverlos a ver al otro día. Recuerdos estos que se atesoran como el sustento de una vida feliz. Mi primer solo lo hice en los escenarios de la guardería y pre kínder de una hermosa señora maestra, que siendo soltera convirtió su casa en “escuelita”. En ella recibía niñas que jugaban y aprendían sus primeras letras. Entonces, me hice “mayor” y la cosa fue más en serio. Estrené uniforme y sintiéndome de lujo asistí al aula del kínder, en mi querido Colegio de La Presentación que, en aquel entonces no estaba donde hoy, sino que ocupaba una bella casona conocida por Palacete Loyola, joya arquitectónica construida en 1926 que, lamentablemente está destruida.

Por supuesto que mi madre me llevaba y me traía, pero yo siempre quería ir a la calle derecha, donde mis tías Rosa y Etelvina, sin embargo, no podía ser complacida todos los días y eso me molestaba algunos instantes. Cuando se me daba, la alegría cambiaba mi rostro y así pasaba las horas, porque en la casa de mis tías nunca había momentos de tristeza, pero sí de mucho miedo cuando me contaban los cuentos de aparecidos que eran los que me gustaban y elevaban la imaginación.

Así conocí la historia de la modista que se hizo rica a costillas de un muertito que mi bisabuelo desechó, y que salía todas las noches en el enlozado del jardín central de la Casa de Corredores. El espectro no era socarrón, y, aun así, sin decir ¡Boo!, toda la prole que lo observaba temblaba de espanto desde las ventanas de sus dormitorios inmersos en la oscura noche.

Recordando lo que ya sabía y después de jugar y comer los ricos guisos de mis tías, saqué a rastras a Tiarosa de su máquina de coser y la llevé al salón donde le rogué que se sentará en su cómodo mecedor vienés.

—Vamos tía ¡anda!, termíname de contar lo que pasó con el muerto de la Casa de Corredores de Papá Emilio.

Con una sonrisa me miró por encima de sus espejuelos bifocales y se acomodó. Complacida, igualmente tomé el cojincito de la silla del piano y lo tiré sobre la vieja alfombra para sentarme y conocer el resto de la historia.

Bueno hijita, comenzó diciendo, papá andaba de mal humor desde el día que abrió el hueco en el solar. Se iba con sus amigos al bar La Zulianita de la plaza Baralt no bien terminado el trabajo, y se liaba en largas tertulias con los amigos. Mamá preocupada, nos pidió tratar de averiguar lo que había pasado para darle paz al viejo.

Así fue como los hermanos idearon un plan y se fueron ganando la confianza de personas que podrían tener acceso a alguna información, pero fue Tía Elvirita la menor, la que con su encanto y candor se granjeo el cariño de Carlitos, el hijo de la costurera que tendría aproximadamente 10 años.

Un día, conversando con él en el bautisterio de la basílica donde pensó no había fantasmas; Elvirita le preguntó como habían hecho para que el muerto se fuera. Asustado el niño se negó a hablar, lo que afectó a la pequeña de tal forma que se puso a llorar. Carlitos, inmediatamente se mostró sorprendido y contrito, se acercó a ella con cariño diciéndole que le contaría para que dejara de llorar, pero eso sí, le pidió jurar no decirle a nadie.

Según, desde antes de mudarse su madre le había advertido que, en la casona llegaba un señor de raro porte que buscaba hablar con alguien de cosas que había perdido y quería lo ayudaran a encontrar.

—Nosotros, no ocupamos toda la casa. Vivíamos en el frente donde estaba el gran salón. Mi madre puso allí la máquina de coser y la mesa donde trabajaba y comíamos. Solo iba al fondo de la casa cuando iba a cocinar por las mañanas y volvía a la sala a trabajar todo el día. Colgaba las hamacas en el corredor porque hacía fresco, pero siempre me dormía solo porque ella cosía hasta muy tarde.

Una noche, vi al señor parado en el patio. Me arropé hasta la cara porque me asusté. Al otro día le conté a mamá y ella me dijo: “no le tengas miedo, es el señor del que te hablé, pregúntale que quiere y vienes a decírmelo”. Sin embargo, le dije que me daba susto, a lo que ella me respondió:

—Cuando lo veas, vienes a buscarme y yo te acompaño a hablar con él.

Así hice, pasaron unos días y una noche me paré a orinar cuando lo vi y corrí adentro. Le grité a mamá que allí estaba y mamá vino conmigo al patio, entonces le pregunté.

—Señor, ¿qué quiere?

—¿Ves dónde estoy parado? aquí, debajo de las flores, dile a tu mamá que levanté el piso y va a encontrar unas cajas que enterré. Son para ella, pero con una condición, que me mandé a decir las misas gregorianas. Y desapareció.

—Tiarosa y ¿qué son las misas gregorianas?

La Tiarosa se levantó y me dijo: “Ya te conté la historia completa, ahora déjame que tengo que hacer, y tus preguntas nunca acaban”

Fue con la incertidumbre de las misas gregorianas y lo prodigiosa que debían ser, que me tuve que ir a acostar. Por supuesto aún recuerdo que toda la noche soñé con el muertito saliendo en el patio de la casa de Tiarosa y Tiaetelvina.

Don Emilio enarboló la queja ante el consejo de La Zulianita, pero al unísono sus amigos, entre los que discurrían hombres de leyes, le dijeron que dejara la cosa así porque en tribunales el caso del aparecido solo iba a ocasionarle burlas y dolores de cabeza.

M.G. Hernández

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