Fue en la calle Derecha…

171
0
Compartir

Era la calle ciencias, la que se mostraba derechita desde la basílica de la Chinita hasta perderse de vista en el horizonte que no era otro que el Lago de Maracaibo.

La Casa de Corredores como la nombraba la gente, era la de mis bisabuelos, Don Emilio y doña Elvira, y supongo era muy grande. La conocí, por esas nociones empíricas que tenemos todos y que algunos saben darla a conocer de la forma diestra que tenían mis tías abuelas, como si en vez de presionar la memoria, estuvieran viendo el objeto de su interés engolosinando la palabra y tornando en magia el movimiento de las manos para hacer sentir a quien escucha, desde el calor del fogón hasta el aroma de un jazmín en flor. Ellas me enseñaron cada caña y rincón de su hermosa hechura. Casona aquella que lograron comprar los “viejos”; aquellos que decidieron emigrar con un piano a cuestas desde su natal España, para asentarse en una tierra totalmente desconocida y lejana llamada Maracaibo.  Un pueblo a las orillas de un bello lago que aportaba frescura a ese territorio caribeño lleno de sol y palmeras.

Siendo de creencia profundamente católica, para los García la conexión con la curia eclesiástica fue fundamental. Por lo consiguiente, sus hijos varones vistieron el liquiliqui con paño al hombro y el sombrero plató de los hijos de María y las mujeres, el traje blanco con una cinta celeste al cuello que sostenía una bruñida medalla de la virgen China; por supuesto, todas ellas coronadas por una impoluta mantilla blanca. Aunque era muy pequeña, aún guardo la imagen de mis tías abuelas en la fila para comulgar de la mano de su gran amigo el padre Rosado, en la iglesia que aún llamaban Basílica de San Juan de Dios. El padre José Ángel Rosado, era un sacerdote muy querido y popular. Lo recuerdo sentado a la mesa degustando un almuerzo y alabando las manos de la cocinera que no era otra que mi querida “Tiarosa”; esa misma que entre brumosas postales, veo en mi mente rememorando historias como esta que les voy a contar, el por qué los García decidieron mudarse de su bella Casa de Corredores del Saladillo.

Yo, oía la historia sentada en el piso del salón sobre una vieja alfombra. Mis ojos, permanecían clavados en las expresiones de la tía, quien, sentada en uno de los mecedores vieneses, usaba su extraordinaria mímica para hacer hincapié en cada palabra mientras mi cara perdía color y ganaba espanto. En un momento y con voz apagada me dijo: “todos veíamos un muerto”, mis manos acobardadas tomaron con fuerza la batata de su antepierna sin darme cuenta que la lastimaba. No era uno ni dos los hermanos que lo habían visto parado cual estatua en la mitad del céntrico patio, eran todos. En consecuencia, las noches pasaron a ser interminables. Doña Elvira trataba de poner sosiego yendo de cuarto en cuarto para darles la bendición y tratarlos de convencer de que los muertos no aparecían, pero no fue posible. Las visiones ciertas o no, estaban causando estragos en la salud mental de los hermanos.  

—Pero entonces ¿no dormían en toda la noche? —pregunté con el susto manejando mis palabras.

—Si… tras un rato muy largo el fantasma desaparecía y todos nos íbamos a dormir llenos de miedo.

Todo este acontecimiento espectral tenía en jaque al matrimonio, porque Emilio no creía ni una sola palabra y cada vez más las discusiones iban subiendo de tono. Hasta que llegó un día que harto de las letanías de su mujer y el argumento del creciente pánico en los hijos, exclamó con enfado que pondría en venta la casa. La historia del aparecido había corrido de boca en boca por todo el barrio y a pesar del buen precio, no hubo quien hiciera una oferta por la Casa de Corredores. A la sazón, el bueno de Don Emilio contrariado y disgustado consigo mismo por haber permitido que lo convencieran, se fue rezongando a la plaza Baralt para ver si sería posible poner un aviso de alquiler en la revista Panorama y de regreso, disfrutar una fría en el bar La Zulianita.

Pasaron unos días y nadie se interesaba, hasta que una tarde una pobre costurera le tocó la puerta para rogarle le permitiera vivir en el caserón con su hijo, por una mísera cantidad y el juramento de cuidarlo con esmero.

El bisabuelo no tenía para escoger. Ya estaba mudado con la familia a otra casa en el sector, muy bonita pero también más chica y no permitió que por ello alguien chistara. Hizo los papeles del alquiler y la costurera se mudó enseguida con su hijo, una caja de ollas, un mesón, dos hamacas y una máquina de coser.

Y, ahora viene lo mejor y más decepcionante para la familia García. La señora modista a los seis meses comenzó a mostrar un comportamiento inusual, y la ropa humilde dio paso a trajes de costosas telas y zapatos de alta gama propias de personas con la billetera bien resuelta. De la Casa de Corredores se veían entrar y salir señores de porte altivo, y se supo por boca del tendero que la doña fabricaba un edificio de tres pisos en la esquina de la nueva casa de los García. Asombrado de toda esta circunstancia, Don Emilio se apersonó a su casa y aunque seguía vacía se respiraba otro aire muy distante al que sintió cuando la sumisión le tocó la puerta pidiendo caridad.

—No se preocupe Don Emilio, le pagaré el doble los meses que faltan para el año del contrato, para entonces ya la casa que construyo cerca de la suya estará lista.

—Y cuénteme ¿qué paso que ahora maneja tanto dinero?

—Es que heredé, ahora ya no tengo que coser para mantenerme.

El bisabuelo le pidió con cortesía si podía revisar la casa, y ella le respondió que en otra ocasión. Para no hacerles más largo el cuento, les diré que tuvo que esperar hasta que la afortunada le llevará las llaves el día que desocupó. Cuenta la tía que el único que no estaba enterado de lo que sucedía era su padre, porque todo el barrio comentaba con certeza, que la susodicha había sacado un entierro de morocotas y joyas preciosas. Sin embargo, la curiosidad terminó mordiendo al español y llave en mano, se fue a revisar la Casa de Corredores.

Pensativo y con la calva reverberando bajo el tenaz sol marabino, consiguieron a Emilio los dos amigos que había mandado a llamar para que ayudaran a perforar el área donde evidentemente habían hecho una reparación. Era una franja de casi un metro de ancho por algo más de largo ubicada casi el centro del solar. El cemento se contemplaba oscuro comparado con el resto del suelo, casi blanco y con delgadas grietas. Entre dos comenzaron por remover unas pesadas macetas con Flores Bella las Once que parcialmente ocultaban el remiendo, y a punta de pico lograron romper una capa de cemento que, al ceder, dejó ver una especie de tapa con asas de hierro muy rusticas. Con dificultad, lograron entre todos levantar la pesada armazón encofrada en un marco de desgastada madera y confundidos, contemplaron un hueco revestido en la misma madera desahuciada por el tiempo.

Asombrados, los compadres se miraron y uno de ellos dijo a mi bisabuelo:

—Emilio, ¡te cogieron por tonto! — y el otro agregó:

—¡Era verdad lo del muertito!

La dama venturosa apremiada por Don Emilio, nunca aceptó haber sacado tesoros, y cabizbajo mi pobre bisabuelo, tuvo que aceptar que la vida le había hecho una mala jugada.

¡Así son las cosas! como decía el singular periodista Óscar Yanez.

M.G. Hernández

Posdata: Pero aquí no terminó la historia…

Facebook Comments
Suscríbete a nuestro Canal de Telegram
https://t.me/ElPeriodicoDelDelta
Revisa nuestra sección de anuncios clasificados
Whatsapp - Telegram

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here