¿Nos hacemos viejos o nos invisibilizan?

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Creo que todavía la sociedad, sobre todo la mercantil no está preparada para los “ANCIANOS” del siglo XXI. Estos seres humanos exigen tener los derechos que les quitan a mansalva sin darse cuenta que, no tienen el desgaste físico ni mental de los otrora “viejos”.

El montón de ancianos que ruedan por el mundo en estos momentos, son la generación de abuelos de los nuevos llamados “millennials” que por lo que veo y leo, “se las saben todas”, pero que desde la sabia experiencia podemos predecir que, el doble filo de la tecnología y el globalismo se está llevando por delante lo esencial: la cultura y la familia.

Esta generación de “ancianos”, están padeciendo al ver como sus hijos los apartan como si fueran inútiles e improductivos. No aseguro que pasa en todas partes, porque si tomo el ejemplo de los criticados Estados Unidos, hasta por la televisión ofrecen seguros de vida a los octogenarios. Sin embargo, me consta que, en muchos de nuestros países nos invisibilizan.

Hoy, les cuento el caso de una querida amiga profesional que llamaremos Michelle, quien con mucho pesar y algo de angustia me contó, que elevaron tanto la mensualidad de su seguro que podríamos tomarlo como “un despido indirecto” y que, a pesar de sus buenas (no equitativas) entradas, le fue imposible subir la cuesta. Es como si se despidiera a un empleado después de 40 años de servicio y dejaras que se fuera con una mano delante y otra atrás a su casa o a rajarse el lomo en otro trabajo de ínfima categoría. Lo increíble amiga, siguió diciéndome, es que lo pagué por tantos años y nunca lo usé, porque nunca enfermé. Ahora, que en las calles corro el alto riesgo de contagiarme con esta pandemia, tendría que ver como hago para pagar los altos costos de un hospital y todo pasa por haber alcanzado la edad mágica de 70 años, los cuales, según la aseguradora, me hacen inadecuada para tal contrato a un costo asequible.

Sigo contándoles hasta dónde llega el desaire del mundo empresarial, sin la mínima consideración ni pudor. Mi amiga, como les conté, tiene un sueldo, por consiguiente, no está en situación de desahucio ni en paro ni mucho menos ociosa. No obstante, nada de esto fue suficiente para evitar pasar la hojilla por contratos, absolutamente nada, y así, de un plumazo le quitaron a Michelle, el derecho de estar protegida hasta por un seguro colectivo. Lo más arbitrario en todo este indignante nudo a los derechos de mi amiga, fueron los años que pagó y que por su buena salud solo fueron ganancias para su compañía de seguros que abultó su capital sin ninguna responsabilidad futura. Sin embargo, ni por esa razón tuvieron un mínimo de reconocimiento, simplemente ella quedó fuera de toda protección hospitalaria.

Pasemos a otro reclamo que hace esta querida compañera de vida a la sociedad. El banco del que ella poseía tarjeta de crédito, le solicitó a través de un call center, porque así lo llamaría yo, llenar unos formularios, además, de un sin número de papeles que pudieran probar sus entradas. Fueron varios los mensajes que iban y venían entre ella y la empleada de poco entendimiento que parecía más un bot que un ser humano, dado a la falta de justa individualización del caso.  

Estas tarjetas en juego, eran unos plásticos que venían en su bagaje económico por más de 25 años, pero esto no le pareció importante a la adulante banquera que defendía su territorio con lanzas puntiagudas. A la sazón, mi amiga llenándose de extrema paciencia, quitó tiempo a su apretada agenda de trabajo, complaciendo cada vez más los requerimientos exagerados de la fámula de escritorio que parecía no tener bien engrasadas las tuercas del cerebro, siguiendo al pie de la letra los cánones del reglamento, esos mismos que no se toman en cuenta cuando se trata de las inmensas fortunas de los narcotraficantes o corruptos políticos que, solo conocemos cuando estallan los escándalos, muchos de ellos acallados antes de alcanzar los medios.

Laservil bot bancaria, parecía no importarle lo que aportaba Michelle, pues seguía importunando, pidiendo o desechando las evidencias recibidas, hasta que al final escupió una mísera razón para quitarles las tarjetas: “El banco no aceptaba los cómputos de un contador”. Y, es aquí donde yo me preguntó: ¿Porque le exigen a una, aparte de una declaración jurada, avalar los haberes y débitos con un contador? Y, ¿qué decir de un balance?, ¿sirve llevarlo a un banco sin la certificación de un contador público? Me cuestiono que otra forma tendría mi amiga de demostrarle al banco que ha sido su aval por 25 años, y que ha tenido como resultado una clienta indiscutiblemente límpida y cabal, que seguía siendo la misma. Lo único cambiante era su estatura con la parca que, sin seguridad precisa, es igual de sospechosa su presencia para cualquier nacido.

Hoy, quiero decirles a todos esos insolentes que igual van pa´ “viejos”, que van a ser controlados por sus hijos los “millennials” o los que es peor, simplemente por máquinas ausentes de sentimientos. Ruego a Dios que los agarren “confesaos”, porque va a ser tristemente peor y más larga la condena puesto que la ciencia asegura que para el 2030, el hombre vivirá 125 años.

Todo se devuelve en este mundo y el ser humano tarda mucho en darse cuenta que, causa y efecto es una ley casi tangible y la más segura que tenemos para expiar nuestras faltas. Si ya lo dijo el más grande que ha existido: “‘Vuelve la espada a su sitio, pues quien usa la espada perecerá por la espada”. Y para terminar dejo este pensamiento propio: “quien no aprecia su sombra, está muerto”. Y, uno de la gran escritora Agatha Christie: “Los jóvenes piensan que los viejos son tontos; pero los ancianos saben que los jóvenes son tontos.”

M.G. Hernández

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