En Tucupita todavía existe “el noble corazón”

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Eran aproximadamente las 10:30 de la mañana del lunes 17 de agosto, no había desayunado y quería hacerlo. De camino a mi sitio de labores se me ocurrió de pronto hacerlo en una de las panaderías del centro de Tucupita, allí, en la que se ubica en la calle Dalla Costa.

Adentro no había clientes, parecía extraño, seguramente está inoperativo el punto de venta, pensé. Al mismo tiempo sentí una pequeña satisfacción ya que andaba apresurado.

En “la caja” había dos jóvenes. Me paré frente a una de ellas y hago mi pedido.

Cuando estaba haciendo efectivo el pago, una señora de pronto apareció en la otra caja, era una persona mayor, vestía una camisa marrón y una falda color rosa un poco deteriorada y, descalza. Se trataba de una aborigen.

Con su voz apagada, hizo también su pedido. El trato de la joven que la atendía pudo llamar mi atención, no recordaba cuándo había sido la última vez que presencié algo parecido a eso, al menos no en una Tucupita en la que la sociedad civil, o quizá una mayoría, hoy ha hecho a un lado los buenos gestos a raíz de las penurias del diarismo, las personas andan estresadas, ya casi no se escuchan los buenos días, solo correr en un intento por adquirir sus alimentos, pareciera que solo esto pasa por la mente de las personas en la actualidad, sin importar lo demás, es una voz que grita “¡sálvese quien pueda!”.

La originaria procedió a entregar su tarjeta de débito para pagar.

  • Mi reina no puedo recibir su tarjeta así, ¿no tendrá otra? Y disculpe.

La tarjeta de débito de la señora presentaba un mal estado y podía atascarse en el punto de venta, explicó la joven.

El rostro de la indígena parecía no entender, o al menos eso creí. La miré fijamente, mientras esperaba a que se efectuara mi pago.

Ella cargaba consigo un morral, “un tricolor”, así han catalogado a los bolsos donados por el Gobierno nacional por tener los tres colores de nuestra bandera venezolana. Este también presentaba un estado de deterioro.

Por un momento se apartó de la caja, estaba sola, se inclinó a buscar algo entre sus cosas del morral. Ella lidiaba con su lentitud y, finalmente pudo sacar otra tarjeta. Cuando intentó pagar, un señor se le adelantó. No dijo nada, quizá por la personalidad que caracteriza al indígena en su timidez.

  • Disculpe señor, déjeme atenderla a ella que ya estaba de primera. Venga mi reina, ¿qué quería?

En ese momento comprendí que en Tucupita todavía existen personas con un “noble corazón”. Normalmente el originario, en este caso el indígena warao, ha sido discriminado en la sociedad civil actual por sus predecesores. El warao ha sido ignorado, al punto que su voz parece no tener valor. Es la realidad que muchos intentan cubrir.

La señora pudo comprar dos panes salados y un jugo pequeño, quizá era lo único que pudo costear para aplacar su hambruna. Tomó su pedido y salió, luego de haber sido priorizada por la empleada.

Mientras se iba, tuve una interrogante, ¿qué no sería Tucupita si todos tendríamos una actitud como aquella joven empleada?

Sí, sí se puede hacer un intento por mejorar nuestro comportamiento y motivar a los demás. Por eso he dedicado este post a ese “noble corazón”.

Eran aproximadamente las 11, tomé mi pedido y salí de aquella panadería impresionado por el gesto. ¡Sí se puede Tucupita!.

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