La épica del voto

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por Enrique Ochoa Antich

Votar no es un paseo campestre. Votar no es un juego floral. Nadie promete un jardín de rosas, como canta Fito Páez.

Votar en Venezuela, aquí y ahora, en el entorno de un régimen autoritario con prácticas dictatorialistas y vocación totalitaria, es una lucha, una disputa, una pugna agónica por espacios democráticos …y diría una batalla, si no fuera porque procuro evitar esa liturgia leninista y chavista de bautizarlo todo con apelativos de guerra. Mientras la cultura autoritaria, mientras los valores propios del pensamiento totalitario avanzan por el cuerpo social como una mancha de aceite, precarizándolo todo, contaminándolo todo, normalizándose en su presencia perturbadora, algunos alzamos la voz y peleamos.

Abstenerse, en cambio, es quedarse de brazos cruzados, mirando pasar el desfile.

Votar contra el gobierno es en sí mismo un acto de protesta, es denunciar los abusos de poder que le son propios a un régimen político de partido/Estado, que usa -y abusa sin pudor de- todos los recursos públicos para ponerlos al servicio del partido, pateando la Constitución. Votar es la reacción heroica de un pueblo constreñido a un constante chantaje material y psicológico, un pueblo con hambre que no negocia su conciencia por un puñado de alimentos, un pueblo inoculado ideológicamente que no se deja confundir con falsos discursos patrioteros (ni siquiera a causa de la anti-nacional conducta de algunos opositores arrodillados a las puertas del Departamento de Estado), un pueblo que aparta de sí como lo que son, como un enjambre de moscas, las voces amenazantes de quienes desde el poder ponen en liza bonos y pensiones para torcer su voluntad, tanto como las voces agoreras del abstencionismo militante. El pueblo, que somos todos, sabe que en la sola soledad del voto (parafraseando a Neruda), allí frente al futuro de la patria, con el dedo índice sobre el tarjetón electoral, en ese instante único y luminoso, es él y sólo él quien decide cómo ejercer su voluntad suprema, la soberanía de la nación. El voto es libertad.

Abstenerse es rendirse de antemano.

Participar es amparar en el acto los derechos humanos, democráticos, civiles y políticos, comenzando por ese instrumento privilegiado de cambio que es el voto. Se lucha por los derechos ejerciéndolos, no renunciando a ellos. Ninguna marcha más imponente e importante que la de millones en fila frente a los centros de votación, de Güiria a Pregonero, de Perijá a Santa Elena de Uairén, bajo el sol, bajo la lluvia, venciendo obstáculos e interferencias, doblegando el propio desánimo. Ninguna prueba de compromiso mayor con la democracia que el de los partidos vigilando la auditoría previa de las máquinas y conservando celosamente su código secreto de seguridad para echarlas a andar. Ningún temple más democrático que el de decenas de miles de testigos, mesa por mesa, en ciudades, poblados y caseríos, resistiendo las amenazas de los exaltados, defendiendo el voto de las gentes, venciendo la fatiga, auditando las boletas manuales contra las actas electrónicas (lo que hace imposible el fraude), proclamando y rubricando con la frente en alto los resultados finales, sean favorables o no.

Abstenerse es renunciar a nuestros derechos.

Votar es lidiar por cada vez mejores condiciones electorales… pero hacerlo participando, no poniéndose al margen. Nadie aprende a nadar por correspondencia sino zambulléndose en el agua. Uno no le dice a un régimen autoritario: “dame las condiciones que te exijo porque si no, no participo”. ¡Anjá!, rumiaba Gómez. “Ni falta que me hace”, responderá el nuevo autócrata (colectivo, como el príncipe de Gramsci). Uno participa, y, participando, allí, en el CNE, en las juntas electorales, en las mesas, ante la opinión pública, persuadiendo, construyendo alianzas, identificando interlocutores entre los adversarios, brega cuerpo a cuerpo por las condiciones que exige.
La pelea es peleando. Votar es dar la pelea.

Abstenerse es capitular.

Votar es expresarse contra el gobierno, combatirlo, denunciarlo, arrebatarle espacios, confrontarlo.

Bien vistas las cosas, abstenerse es en cambio y de hecho votar por el gobierno: restando aquí, sumando allá, cada abstención es un voto de diferencia que gana el gobierno. Con enemigos así, este gobierno no necesita amigos.

Quien vota apuesta a la ardua tarea de confeccionar una salida electoral, pacífica, democrática y soberana. Nada más exigente que construir nuevos consensos. Nada más espinoso que forjar una resolución pactada del conflicto político interno.

Quien predica la abstención militante, apuesta en fin de cuentas por una salida insurreccional, de fuerza, violenta, y tutelada por actores extraños. La abstención no ofrece soluciones, sólo sustituir un conflicto por otro.

Quien promueve la participación corre todos los riesgos, va de primero en la algarada, da la cara celebrando la victoria o explicando la derrota.

Quien predica la abstención y la salida de fuerza generalmente se queda atrás, en la retaguardia, y manda a otros al frente a morir por ellos.

Votar es organizar a la gente, difundir un mensaje, debatir un programa, convencer, soliviantar el alma de la nación.

Abstenerse es callar.

El voto es un camino, una ruta de acumulación progresiva de fuerza. Votar y perder puede ser una opción si sirve para reagrupar las fuerzas que fragüen futuras victorias: las victorias de 2007, 2008, 2010 y 2015 habrían sido impensables sin la derrota de 2006. El voto convierte derrotas en victorias.

La abstención no es derrota ni es victoria. La abstención es la nada (Mires dixit).

Nada más parecido al talante dictatorialista del régimen que la prédica abstencionista y violentista de la salida de fuerza. El extremista de la oposición es el reflejo especular del extremista del gobierno, igual en intolerancia y fanatismo… pero al revés. Nuestra épica, la épica del voto, la gesta de la ruta democrática por un cambio en paz y soberanía, es, por contrario, tiene que ser, la antítesis de la épica autoritaria. Nada ganamos y perdemos todo pareciéndonos a ésta, reproduciéndola en nosotros.

A la imposición dictatorialista, oponemos la soberanía popular. Al odio, oponemos el diálogo, la negociación y el acuerdo. A la violencia, oponemos la paz. Al férreo control estatista de todo, oponemos nuestra terca libertad. A la venganza oponemos el perdón mutuo y la reconciliación. A la épica revolucionaria y militar, oponemos otra épica reformista y civil.

Ésta es la épica del voto, que debe ser resguardada con celo por quienes no queremos parecernos a aquello que adversamos. Con orgullo, por la calle del medio y con el rostro descubierto, enarbolemos nuestra hazaña cívica frente a la insolencia de quienes desde la prédica abstencionista, pretenden desmerecerla. Con el Teodoro Petkoff de 1972 decimos: La pelea sigue: ahora es cuando hay coraje, ahora es cuando sobra espíritu. El pueblo de esta tierra de gracia que llamamos Venezuela no se rinde. Ni los atropellos del poder, brutales e indignos, ni tampoco las procaces ofensas del oposicionismo extremista, harán que los venezolanos cejemos en el empeño de construir una patria nueva desde la libertad y la justicia, para la felicidad y la dignidad de todos.

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