Aramoix y la pena de muerte para violadores de niños

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Crisanto Gregorio León

La pena de muerte estaría bien. Y es que tan repugnantes hechos nos impulsan a exigirla.  El asunto estriba en que si en las cárceles hay cientos de inocentes por crímenes que les construyeron sus enemigos o gente injusta, por intrigas, celos u otros intereses inconfesables, con pruebas circunstanciales o forjadas y gente que maliciosa e  inescrupulosamente  se presta para ello, imagínese entonces cuantos inocentes serían llevados a la muerte por delitos en contra de los niños.

Si verbigracia, hasta en ambientes laborales, las intrigas, los celos profesionales e incluso intereses inconfesables, con artimañas, engaños e infamias ejecutan farsas y escenarios para destruir a la gente preparada y talentosa, donde hasta personas medianamente inteligentes creen esas mentiras, piense que alguien apoyado en otros calumnie a un inocente de delitos contra los niños, usando la justicia manipulada para matar a su adversario. Sobre todo que la mentira es lo primero que se cree,  es lo primero que entra por los oídos y raramente por los ojos.  Y si hay celos y envidia entonces el terreno es fértil para cuestionar la moralidad del que si es competente, porque deja en evidencia la miseria, la ineptitud y la incapacidad de otros.   

Hay hombres purgando penas por delitos de género que les inventaron sus mujeres para poder introducir a su amante en la casa que edificó su marido ahora preso. Un adulterio protegido. Y hasta los rivales políticos utilizan la siembra de droga u otras maniobras haciendo uso de la ley para quitar del paso a gente que odia o no comulga con su pensamiento.

Imagínense nada más la cantidad de gente inocente que irá a la muerte por delitos en contra de los niños, por crímenes falsos producto de la conciencia insana de sus acusadores. El ser humano es imperfecto y cuando quiere ver a otra persona muerta así sea moralmente hace cuanto su retorcido cerebro le inocula.

Si a las personas sin miramientos y sin temor a Dios les provocan la muerte moral siendo inocentes, nada más cavile que una caterva le fragüe un delito a su enemigo en contra de niños para llevarlo a la muerte física.

Imagínense entonces por ejemplo a un político cuyos rivales estén en el poder y con una legislación que penaliza con muerte los delitos de abuso infantil. Con esta posibilidad gente desalmada y llena de odio construirá muchos mártires. Hay casos que después incluso de pasados 20 años en EEUU y en Europa ,  en juicios donde se le brindaron al supuesto agresor sexual todas las garantías, luego de 20 años se descubrieron elementos que sin duda alguna el encarcelado culpable resulta que es inocente y las tan perfectas pruebas para entonces para culparlo resulta que fueron fabricadas.

 No es tan fácil decir sí a la pena de muerte para estos casos ni ningún otro delito, pues la inmundicia y la maldad de algunas mentes se aprovecharían de eso para matar a quien no le cae bien y los harían atravesar toda suerte de injusticias hasta conseguir que bajo la apariencia de legalidad se le de muerte a un inocente. Sin un ápice de error habrá,  quienes se valdrán de esta legislación para quitar del paso al vecino que envidian o les cae mal, a sus enemigos políticos, adversarios o simplemente porque una enardecida conciencia sociópata o desequilibrada ve en esa posibilidad legal el arma específica para matar a un inocente por razones fútiles o simplemente le cree culpable por su genotipo, fenotipo o cualquier otra circunstancia.

 El hombre es imperfecto y nada de lo que es humano le es ajeno. Entonces no le es ajena la injusticia ni la maldad, ni la envidia, ni la creencia de que el otro no lo puede superar, no es más que él, ni puede tener mayor aceptación que él,  ni el otro puede brillar intelectual ni moralmente.  Sea cual sea el país, abogar por una pena de muerte por este tipo de delitos o cualquier otro tipo, es sumamente peligroso, dada la naturaleza perturbada de muchas conciencias. Sería un caldo propicio para hacer mártires.

Son múltiples los escenarios en los que se puede dejar palpable la incorrecta idea de dar muerte a alguien por un delito, que no fuera la flagrancia y sin embargo sobre flagrancias simuladas se puede escribir un Best Sellers. Porque siempre, pero siempre hay sagaces acusadores y gente que por sus propios infortunios, culpan a otros de los que les abochorna a ellos mismos y con una conciencia podrida llena de incompetencias y desgracias,  sienten el enfermizo impulso de  asesinar a otros así sea moralmente.  No se puede dejar en las manos de los hombres la decisión de dar muerte a otros hombres so pretexto de justicia. Eso es una trampa de la naturaleza humana. Hay quienes persiguen a otros para desviar la atención sobre sí mismos,  un chivo expiatorio que cubra sus propias podredumbres y corrupciones.

Para Baltasar Gracián, las personas feas quieren cobrarse en los demás sus propias desdichas. Y seguramente el Escritor del Siglo de Oro español se refería entre otras cosas a la fealdad del alma, de las personas falsas y la poquedad del corazón. La cobardía en la que se amparan los que acusan falsamente por su ruindad de alma.

                A los niños hay que respetarlos y maldito aquel que los daña. “Mejor le sería que se colgara una piedra de molino al cuello y fuera arrojado al mar, que hacer tropezar (escandalizar) a uno de estos pequeños. Lucas 17:2.  Pero cuan peligroso es dejar en manos de la corrupción juzgar a otros, sobre todo si lo que está en juego es la vida. Y el hombre envilecido con un mínimo de poder es capaz de las mayores injusticias.

                Las más severas penas se deben imponer, pero no la muerte, no vaya a ser que resulte que durante el cumplimento de la condena arriben pruebas que absuelvan al reo y que no se tuvieron a disposición durante el juzgamiento y esa otra trampa que llaman la cosa juzgada en medio mundo le haya quitado la vida a un inocente.

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Abogado/ Escritor

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