Adiós al padre Lavandero, hermano blanco de los waraos

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El religioso fue mecánico, maestro, enfermero, promotor y guía pastoral en las comunidades waraos, además miembro de la Orden de los Hermanos Capuchinos en el Vicariato de Tucupita

Tucupita.- Julio Lavandero, sacerdote de la Orden de los Hermanos Capuchinos, falleció el miércoles 8 de enero en Tucupita, a los 90 años de edad. La muerte del religioso trajo duelo y conmoción en la población deltana por la amplia labor pastoral ejercida en los caños del Delta del Orinoco, específicamente en las comunidades waraos, zona donde entregó su vida misionera por 63 años.

Sus últimos años compartió su apostolado en las comunidades de las parroquias Padre Barral, Manuel Renauld y Santos de Abelgas, del municipio Antonio Díaz, y Tucupita.

De acuerdo con las informaciones del Vicariato de Tucupita, Lavandero llegó al Delta en el año 1956. “Es llamado a la Misión, a llevar ese mensaje que Jesús nos encomendó vivir y compartir… Fr. Julio fue llamado por el Señor a vivir su fe, alguien que supiera tocar el órgano y que tuviera la formación para ser director de un colegio; y la suerte cayó sobre aquel recién consagrado sacerdote de 26 años”, señala monseñor Felipe González.

“Al llegar a Tucupita lo primero que hizo fue aprender el idioma, costumbres y mitos de la cultura warao”, continúa la reseña de monseñor González al referirse al legado de Lavandero como investigador de la cultura indígena. Aportó varias publicaciones sobre leyendas, relatos, mitos y de cosmogonía warao, condensadas en dos obras que resaltan su investigación: Ajotejana I y Ajotena II.

Lavandero fue miembro de la Real Academia Venezolana de la Lengua, sitial de reconocimiento intelectual que ocupaba junto a los deltanos Abraham Gómez y José Balza. Su estadía de más de 50 años en los caños del Delta del Orinoco le valió también el reconocimiento de los waraos como su guía pastoral. Las comunidades de Ajotejana, San Francisco de Guayo, Nabasanuka, Bonoina y Araguaimujo son testigos presenciales de su obra misionera.

“Se convirtió en una luz que iba llevando esperanza; no era nada más dar misa o catequesis, era también el mecánico de la planta eléctrica; y con ello servía para todos, aportando con sudor, sacrificio y lágrimas un mejor vivir para waraos. Ajotejana es testigo de su labor no tanto como misionero, sino como ciudadano. Un gran venezolano”, concluye Alexander José Villegas, miembro de Corazón Franciscano y delegado de la Pastoral para la Comunicación.

El Pitazo/Melquiades Ávila

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