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El padre Jesús ofrece a diario desayunos a los migrantes, la mayoría indígenas, en Pacaraima, un pueblo cercano a la frontera. El aumento de la delincuencia desató la xenofobia entre la población, que pide tener preferencias en la ayuda de las organizaciones locales

Foto AFP

“El deseo venció al miedo“, resume el padre Jesús Bobadilla con determinado alivio. El sacerdote, que recibe de lunes a viernes a más de mil inmigrantes en una modesta parroquia circunscrito de Pacaraima, en la frontera con Venezuela, temía que los recientes hechos de racismo siembren el temor entre los asilados, mas se mostró aliviado al ver que aún llegaban a averiguar el desayuno que les ofrece.

Normalmente la parroquia atendía entre 1.500 y dos.000 inmigrantes al día. A posteriori de las expulsiones por los enfrentamientos, el número cayó a la porción, mas esa amparo se recobró al poco tiempo.  Hombres y mujeres de diferentes edades, adolescentes, pequeños y ancianos van rotándose en 4 filas de mesas donde los cooperadores de la parroquia van sirviendo el desayuno ágilmente, liberando velozmente los espacios para los que aguardan en la fila. Todos procuran la porción de pan y una taza de café con calostro.

Un pasaje bíblico estampado en una de las paredes procura animarlos: “La sofocación de se convertirá en alegría”. Muchos de ellos son indígenas warao, que están alojados en un cobijo próximo, tramitado por una O.N.G.

Con inf. de TitularesyMás.com

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